Los años más románticos y añorados del automovilismo fueron para muchos los del Turismo Carretera de las cupecitas. Por esta razón se encuentran entre los autos más deseados por los coleccionistas, cuyo entusiasmo los reunió en una jornada a pleno sol el lunes 2 de noviembre en Buenos Aires.

El lugar no podía ser el más adecuado, el Autódromo de Buenos Aires, que con toda justicia preserva la memoria de los hermanos más exitosos de aquellos tiempos del Turismo Carretera de las cupecitas, Oscar y Juan Gálvez. El encuentro no tuvo la formalidad de la organización de institución alguna, simplemente nació de un grupo de amigos y aficionados del TC.

Las resplandecientes cupecitas fueron 21, con predominio de Ford, diecisiete, tres Chevrolet y una Dodge. La mayoría de los Ford, impulsados por los 59AB, aquellos de 4000 cm3 que llegaron a tener 200 HP. En la reunión del Autódromo sonaron los V8 alimentados con uno, dos y hasta tres carburadores. Aunque también hubo algunos F100, como los que tuvieron los Ford entre 1965 y 1970. 

Aunque en minoría, también hubo motores de seis cilindros en línea. Fueron tres, y de los buenos, con Chevrolet de los últimos tiempos de las cupecitas: una, la azul y blanca de Carlos Pairetti, carrocería Baufer, que le permitió a Il Matto su segunda victoria en un Gran Premio, en 1966. La otra, su contemporánea, la Coloradita de Balcarce, la del único título de Juan Manuel Bordeu. En franca minoría, como pasaba por aquellos tiempos, hubo una Dodge, celeste y blanca con el Nº 7, cuyos laterales lucían el logotipo de Valiant, la marca de Chrysler en la Argentina en la década del ’60.

Un tema de charla frecuente. ¿Hubo cupecitas originales en el autódromo? Sí las hubo. La “originalidad” remite a que efectivamente hayan corrido en Turismo Carretera en algún momento. Restauradas, claro está, fueron cinco. Según nuestro sondeo la que llevó el Nº 2, que según reza en la puerta, perteneció al piloto de Lobos José Benjamín Lorenzetti. Otra, la Ford bordó Nº 78, que supo ser de Juan García Amezqueta, con leyenda de su procedencia, Boulogne. Para seguir con el listado de “originales”, la Chevrolet de Manuel Felipe Mantinián que lució el Nº 33, llevaba la publicidad de Fideos El Volcán y una referencia a la legendaria “Buenos Aires-Caracas”, con las banderitas pintadas en su carrocería, y la ya mencionada Baufer de Pairetti.  

Entre las originales o genuinas e impecable, ya se las hemos presentado algunos meses atrás, la Ford que perteneció a Sergio García Uriburu, en versión de Alberto Exertier tal como corrió el I Premio Isaura. Contaba asimismo, con las publicidades de Nafta Isaura y Aceite Celinoil y la procedencia de Capitán Sarmiento.

Algunos apuntes, una Ford ‘39 con carrocería al estilo de principios de los ’50, la Nº 4, con la publicidad de Lubricantes Splendid, la firma de Osvaldo Rigamonti. También hubo variedades de colores y formas de carrocería, entre ellas, dos en verde y amarillo. La Ford Nº 6 de San Miguel, la Ford ’38 Nº 6 cuyo apodo era La Gurisa.

La otra, también verde y amarilla, la Ford Nº 41 de doble procedencia, San Isidro y Venado Tuerto, carrozada por Apestegui en Carmen de Areco. La trompa rezaba un apodo no menos simpático, La Bartola, mientras que la cola nos llevaba al recuerdo de tantas tardes de verano leyendo la muy querida revista que difundió el automovilismo durante tantos años: El Gráfico.

Los Gálvez no sólo estuvieron presentes a través del nombre del escenario del encuentro, sino con las recreaciones de sus autos: la Ford Nº 1 azul con la consabida escarapela del campeón, Juan. La otra, azul muy oscura y blanco crema, la Nº 8 de Oscar Alfredo presentada por el Museo del Automóvil de Buenos Aires. Este Ford 1934 fue la única “empanada” de la reunión y el único auto con la llamada puerta suicida.

También hubo un recuerdo al primer campeón argentino de Turismo Carretera, Angel Lo Valvo, con la inscripción de su seudónimo “Hipómenes” en la cupecita Ford roja Nº 58 con la referencia a las Mil Millas de 1941. Su piloto fue Hernán Lo Valvo.

La mitad de las cupecitas que giraron en el Autódromo habían participado en 2019 estado en la edición histórica de las Dos Océanos entre Argentina y Chile y regreso.  

Después de una larga reunión en los boxes donde se dio las instrucciones a los pilotos, las cupecitas se alinearon en la calle de boxes, luego a dar una vuelta y a ordenarse en una grilla, de a tres y dos autos, aproximadamente. Estimados lectores, escuchamos preguntas:

  • ¿Qué trazado fue empleado? El Circuito Nº 6, bastante exigente porque es el que tiene los dos mixtos, un dibujo en el que el Turismo Carretera nunca corrió de verdad. En los cincuenta y hasta 1968, el TC corría en el Circuito Nº 1, el perimetral con la vieja Horquilla Larga –la que llegaba hasta el alambrado- y desde 1968, corrió –salvo una vez en el Circuito Nº 7 en 1969- en el Circuito Nº 12, donde el TC actual lo sigue haciendo hoy.
  • ¿Cuánto tiempo giraron? La exigencia fue de cuarenta minutos, durante los cuales fueron recorridas entre ocho y diez vueltas.

Bajada la bandera argentina un pequeño grupo claramente se distanció del resto: el Chevrolet con carrocería Baufer de Carlos Pairetti, la Coloradita de Bordeu y el Ford gris metalizado Nº 5 de Tandil como procedencia, con reminiscencias del Tractor de Eduardo Casá, tanto por sus líneas, por su color como por el F100 que lo impulsaba. Lo llevó con solvencia un señor piloto, Eugenio Breard.

Después de varias prendiditas entre el Chevrolet de Arrecifes y la Coloradita de Balcarce, entre “chivos no hubo cornadas”, pero el Ford de Tandil Nº 5 el más veloz, tomó la punta Chippy Breard y, si bien no fue una carrera, fue quien estableció el mejor tiempo en carrera. Según averiguamos, se giró en un tiempo entre los tres minutos y tres minutos y medio. Los hubo los que pasaron dificultades o pasadas de largo en La Confitería o tomaban El Tobogán en forma comprometida y también, los que giraron bastante más lentamente. Como el prolijísimo Nº 81 color verde Dalmacia, un Ford ’38 con un color de 1939, prácticamente standard. En fin, lo importante era competir, divertirse y soñar. Sin dudas, la frase está vigente como nunca: la nostalgia está de moda.

pd: el encuentro termino con unos muy ricos «sanguiches» de milanesa de Miradas al Rio Cafe. 


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