Nada mejor que la palabra personaje para definir a este florido representante de los borrascosos años cincuenta en Argentina. Amante de las mujeres y genial bailarín, estuvo siempre tocando fondo pero cayendo parado; fundador de 17 clubes, entre ellos el Club de Automóviles Sport y el Boating Club de San Isidro; piloto oficial Maserati de Fórmula Uno y empedernido yachtman.
Roberto Mieres tuvo cinco autos de la marca. Una Type 44, que según Bitito “era una convertible lindísima hecha en Inglaterra por Mulliner. Tenía capota, vidrios laterales, dos asientos delanteros y un solo asiento trasero con lugar para llevar equipaje. Roja y negra, quedaba espléndida estacionada frente a la puerta de Rincón [su local de venta de discos en Buenos Aires]”. Una Type 40 con cola en punta que compró a un profesor de natación del Club Universitario de Buenos Aires y más tarde pasó a manos de Eduardo Irigaray; una Type 35 reformada de cinco bancadas y sin compresor, con la cola estilo MG TC, que le vendió Chicho Speroni; una Type 38, estilo Phaeton de cuatro puertas. A estos autos debe sumarse, obviamente, la Type 51 de la que hablaremos en estso párrafos que hoy, parecen salidos de las mil y una noches…
Corría el año 1950 y nuestro hombre formaba parte del equipo que el ACA enviaba a Europa para probar suerte en lo que sería la futura Fórmula Uno: Juan Manuel Fangio, José Froilán González y Roberto Mieres, con Amadeo Bignami como jefe de mecánicos. Por aquel entonces, Bitito ya era campeón argentino sport.
El grupo se había instalado en Galliate (Italia), pueblo natal del desaparecido Achille Varzi, y justamente en la casa de la familia Varzi.
Menotti, el padre de Achille, era un hombre reservado, y la muerte de su hijo, acaecida durante las pruebas del Grand Prix de Berna (Suiza) en 1948, lo había marcado para siempre. No obstante ello, y conociendo la mutua afinidad entre su hijo y Argentina, albergó en su hogar al equipo.
Según cuenta el propio Bitito, en lo de Varzi no había servicio y, por ende, sólo dormían allí, pero tenían una suerte de pensión para las tres comidas en un hotel llamado Albergo Due Colonne, cercano a su alojamiento.
En el mes de julio de 1950, y casi al pasar, el ingeniero Varzi le contó a Bitito que la Bugatti de su hijo estaba en Milán, en el taller de don Giovanni Merossi, un pariente de la familia.
Cabe aclarar que si bien Achille Varzi tuvo dos Bugatti Type 51 de su propiedad, el auto con el que ganó el Grand Prix del Principado de Mónaco en 1933 no fue ninguno de esos dos. Esa carrera la corrió con una Type 51, propiedad de Marcel Lehoux, quien se la había cedido para la prueba.
Bitito recuerda así cómo dio con la Bugatti:
“Lo que cortó la tristeza de estar separado de mis amigos, de mis noviecitas, de La Biela [tradicional bar porteño] y de mi Buenos Aires querido, fue la compra de la inolvidable Type 51. Alrededor de 1950, charlando con el ingeniero Varzi (cosa que ocurría con escasa frecuencia), le dije que me interesaban los autos antiguos. Me contó que su hijo Achille, después de ganar el Grand Prix de Montecarlo en 1933 con su nueva Bugatti Grand Prix Type 51 carrocería biposto, la había dejado abandonada en su casa de Galliate… donde la obsoleta maquina molestaba al señor Varzi, motivo por el cual la había depositado en el taller de un pariente, el señor Giovanni Merossi, ex corredor de automóviles, quien además era tío de Alberto Ascari. Ni lerdo ni perezoso, me dirigí de inmediato a lo de Ascari, quien a su vez me contactó con Merossi. Su taller estaba en Milán debajo del famoso velódromo Vigorelli donde se hacían grandes competencias de ciclismo. Hice una cita con Merossi, tomé un ómnibus y en media hora llegué a su taller. Era grande y bastante desordenado. Me dijo que el auto tenía un problema: ¡le debían la estadía desde 1934! Desde aquella época no había tenido uso alguno, pero en concepto de estadía, la deuda era de dos mil dólares. Mucha plata en aquel entonces. Agregó que hablaría con el ingeniero Varzi para estudiar una quita, pues a él le molestaba la Bugatti en el taller. Después de pensar un rato, Merossi dijo que, si yo arreglaba con el ingeniero Varzi y le llevaba una constancia donde le dijese que no tenía ningún reclamo que hacer, me entregaría el auto por sólo mil dólares y consideraría cancelada la deuda por estadía. También me advirtió que tal vez tendría algún pequeño gasto extra, ¡porque ese auto nunca había sido patentado! Creí estar soñando, pues me parecía imposible hacerme de esa fantástica Bugatti casi nueva tan fácilmente. Temiendo quebrar el encantamiento, me dirigí a Merossi con voz suave y respetuosa y le dije: ‘Señor, ¿la puedo ver?’. Avanzamos dificultosamente a través de los bultos y fierros del taller, y en el fondo, donde la altura del techo se iba reduciendo y había que entrar casi agachado por la inclinación de la pista que estaba encima, ¡la vi! Azul Francia, llena de tierra, pero totalmente nueva, inmóvil durante los últimos quince años. Varzi había pretendido transformarla en auto sport agregándole unos guardabarritos tipo cycle wings y un motorcito de arranque encima del volante del motor. Aunque la moda de los autos antiguos aún no existía en Buenos Aires en 1950, había gente inteligente y de buen gusto que valoraba estas cosas. Esa Bugatti era el sueño y el ideal de los verdaderos tuercas porteños, y el mío propio. Para poder usar un Ford o un Chevrolet último modelo en Buenos Aires había que ser rico, y en cambio autos del estilo de esta Grand Prix podían comprarse por sólo mil dólares. Debía resolver inmediatamente cómo obtener el dinero, pues para esa temporada de 1950 sólo me quedan seiscientos dólares. No obstante, le dije a Merossi que aceptaba la propuesta, pero con la pequeña exigencia de que pusiera el auto en marcha y lo sacara a la calle. Merossi me pidió un día para ello y convinimos hacerlo al día siguiente. Me fui de inmediato a Galliate, y desesperado comencé con mis pedidos para juntar los fondos. Luis Elías Sojit, periodista deportivo a quien mucha gente le tenía antipatía, me prestó doscientos dólares. Luis Elías era muy generoso y una excelente persona, también fue muy bueno conmigo tres años después ayudándome a comprar mi pasaje a Buenos Aires cuando falleció papá. Pepe me prestó cien dólares y Juan cincuenta. Logré juntar los mil dólares y fui a buscar la Bugatti. Estaba reluciente en la puerta del taller, y con ella volví raudo a Galliate. Allí me esperaban muchos vecinos y tuve que dar unas vueltas para que pudieran ver y oír su Bugatti. La dejé guardada en nuestro taller del ACA hasta que regresamos a Buenos Aires en noviembre. Como no podían importarse autos (ni casi nada) a Argentina, tuve que conseguir un permiso especial para ingresarla. El asunto del permiso para ingresar la Bugatti fue muy engorroso. Sojit tenía importantes vinculaciones con el partido peronista y logró que a cada miembro del equipo nacional se nos otorgara un permiso especial para importar un auto. Creo que Juan trajo un Cadillac y Pepe un Buick. También otorgaron permiso para importar un auto en 1950 a otro argentino, Adolfo Teddy Schwelm Cruz, quien había comprado en Italia un estupendo Alfa Romeo Monza, de 8 cilindros con compresor.
Para despachar los autos a Buenos Aires, hubo que conducirlos hasta el puerto de Génova. Teddy pasó a buscarnos por Galliate y desde allí nos fuimos con los cuatro autos, Bugatti, Alfa, Cadillac y Buick, por la autostrada que tiene buena parte de camino de montaña. Teddy y yo manejábamos nuestros racers fuertísimo, con gran entusiasmo, y nos quedó un imborrable recuerdo de ese viaje, más fascinante y bello que el que nos puede dejar el mismísimo ballet de Montecarlo. Después de embarcar los autos en Génova, regresamos a Roma y desde allí volamos a Argentina. Cuando el auto finalmente llegó a nuestro país, y tras miles de trámites engorrosos, fuimos a buscarla con Jorge Malbrán en el auto de su padre para poder remolcarla. Sin embargo, apenas la empujamos se puso en marcha y fui directo a La Biela. Los habitués no podían creer que en Buenos Aires estuviera esta maravilla. Disfruté mucho tiempo de la Grand Prix, y corrí y gané varias carreras con esa bellísima máquina.
Un día debí venderla ya que mi economía era minúscula. Me la compró José María Millet por el mismo valor que me había costado, pero, eso sí, con promesa de retroventa. Millet no me la revendió como se había comprometido y yo esperaba, y pasó a manos de Rodolfo Pradère”
En rigor, Bitito corrió muy pocas carreras con este auto. Entre ellas se recuerdan la lucha con Teddy Schwelm y su Monza en el Parque Urquiza (Paraná) en noviembre de 1950 y la pelea por la punta con Roberto Bonomi y su Ferrari en el Autódromo de Buenos Aires en octubre de 1952.
Tal como señaló Bitito, el último dueño de la Type 51 en Argentina fue Rodolfo Pradère, quien finalmente la exportó, de modo que el auto hoy forma parte de una colección en Europa.

3 comentarios
Mike · octubre 5, 2020 a las 7:03 pm
Las historias de «Bitito» son geniales!! Muy buena!
Lao me hiciste recordar que hace varios años intercambiamos correspondencia con Rodolfo Pradere, allí él me comentaba que había vendido sus autos de colección (como veinte) entre los cuales tenía Bugatti, Ferrari y Delage además de otras marcas.
Beppe Viola · octubre 5, 2020 a las 4:52 pm
dos interesantes notas al margen:
El Velodromo Vigorelli de Milano, debajo el cual estaba el taller de Merossi (no confundir con Merosi, promer gran proyectista de A.L.F.A. – con y sin Romeo) todavia està, tal cual en los cincuenta, no asi el taller…
otra cosa interesante es que el «capomeccanico» del equipo Varzi y por ende de los Argentinos de la «Scuderia Argentina Achille Varzi) era Riccardo Sivocci, hijo del piloto Ugo Sivocci, aquel por el cual los Alfa Romeo de competiciòn y las versiones mas deportivas lucen siempre un «quadrifoglio verde». Màs adelante Riccardo fue mecanico personal de J.M.Fangio en Alfa Romeo y de Menditegui en Maserati
MMM · octubre 3, 2020 a las 5:37 pm
que buena historia!!!! increible!