A principios de 2016 compre una Baquet Ford a medio armar por Mercado Libre y a solo 3 meses del Gran Premio de Baquets, nos anotamos con Patricio Raitzin. Lo terminamos el día antes a la carga en los mosquitos que los llevo a San Martin de los Andes. El test drive fue una vuelta manzana antes de cargarlo.

Tres días más tarde los autos llegaron a San Martin, yo estaba en Aeroparque por embarcar hacia ahí cuando me llamo mi amigo Horacio Vescio, encargado de bajar el auto del mosquito en San Martin y me dijo: Willy, puse en marcha tu auto y tiro medio litro de aceite en3 minutos…. Patricio volaba de la calentura, yo fui todo el viaje pensando que podría ser. Ninguno de los dos teníamos idea de Ford A.

El auto tenia lubricación forzada y tiraba por la bancada de atrás el aceite al cubre volante y de ahí al piso por un venteo. Los organizadores nos hicieron saber de su descontento por esto, ya que los autos que largan en malas condiciones suelen traer permanentes problemas en la ruta, para los mecánicos y apoyo de la carrera.

Sentado frente al hotel mirando el auto se me ocurrió hacer un deposito abajo del cubrevolante para juntar el aceite que el auto tiraba y volver a ponerlo en el motor. El tema era cuánto duraría andando el auto con aceite en el carter. Le pusimos un envase de aceite cortado a la mitad con precintos justo debajo de la perdida y nos fuimos a dormir. Sumado a esto se trabo la caja entre dos cambios, para lo cual tuvimos que sacar el piso del auto, reponer un perno que se había salido y volver a armar el piso, que ya no quedo igual de solido. Lo bueno fue que Diego Carvotta y Bocha Masarotti nos enseñaron en ese momento como se arreglaba aquel desperfecto.

Al día siguiente el auto a simple vista no perdía una gota. Recuerdo que en la largada muchos se inclinaban tratando de disimular, para ver si perdía, pero el carenado bajo que tenía el auto no los dejaba ver nuestro invento. Habíamos pactado no decir nada con Patricio y tratar de llegar sin ayuda.

La primera hora fue interminable, andando bien pero sin saber cómo estaría el nivel de aceite. Una pinchadura nos hizo parar y ahí hicimos el primer testeo de cuanto tiraba de aceite: ¡Mucho! Repusimos y seguimos. Después de reponer aceite unas diez veces y ante la sorpresa de todos,  llegamos al final de la etapa varias horas después que el resto. 

Al otro día pusimos una versión mejorada del depósito que duro hasta el final de la carrera. Era un envase de aceite de 4 litros ya inclinado hacia adelante, así que con solo sacar la tapa a rosca caía en la media botella de coca todo el contenido de nuestro sub carter. Venia aceite y todo tipo de condimentos de la ruta. Pobre Ford todo eso volvía al motor.

El tercer día la carrera nos regaló el raid por la nieve, en la altura,por los volcanes de la Payunia. ¡Que bien iba el Ford en la nieve! Una etapa inolvidable que termino en Malargue, exhaustos pero felices de haber llegado hasta ahí. Lo de la nieve fue increíble e irrepetible.

El día de descanso en Malargue fue clave, restauramos medio auto con ayuda de mecánicos de la zona que se habían acercado a colaborar. Lo dejamos lo mejor posible para lo que seguía, con el único objetivo que era llegar sea como sea.

El aceite había dejado de ser un problema, hacíamos el reabastecimiento más rápido que el equipo Red Bull, pero después de varios días de tanto aceite sucio y por momentos poco, el motor empezó a mostrar que estaba malherido. La biela más cercana a nuestros pies, empezó a hacerse escuchar. Al principio nos hacía saber que necesitaba más aceite. Pero con los kilómetros la batucada era permanente.

Por consejo de Jorge Rossi y Pablo Erazarret, le sacamos la bujía a esa biela, cosa que trajo tres consecuencias, la primera fue que dejo de golpear, la segunda que el auto nos baño a estornudos de aceite por esa bujía durante todo el día y la tercera que en las trepadas el pobre Ford se arrastraba. A la noche me llegue a bañar con detergente para tratar de sacarme el aceite del pelo.

Entre todos estos desperfectos y a lo largo de las etapas, pinchamos siete u ocho veces, se soltó el escape, cambiamos dos bombas de nafta eléctricas (chinas), se cortó un cable que al reemplazarlo con un puente nos dejo sin luces, bocina y cargador para el celular.

¡Pero como arrancaba, que ganas de andar tenía ese motor!  Con frio, calor y  lluvia, giraba un cuarto de vuelta y estaba en marcha.   

De a poco el asombro se convirtió en aliento, nos empujaban nuestro amor propio, Gabriel y su equipo en la ambulancia de la AAV,y un montón de amigos que gritaban cada vez que nos veían llegar. ¡Vamos Carajo! Así fue bautizado el auto por Roberto Livingston: Carajo.

En una de las últimas etapas salimos de San Rafael, cargamos nafta y no compre aceite, le dije a Patricio: compramos más adelante. Gran error. La hoja de ruta nos saco bordeando por la tierra el rio Atuel, pasaban los minutos y no aparecía el aceite. El rio espectacular, un paisaje único que disfrutamos mientras sin decirlo los dos pensábamos en el aceite.

Así llegamos a la central hidroeléctrica del rio Atuel. Entregados, frenamos y enseguida aparecieron operarios de la planta ofreciendo mate, bizcochitos y pidiendo subir al auto.Terminada las sesiones de fotos con cada uno de los presentes, nos preguntaron que necesitábamos… ACEITE!!!! El jefe de la planta mando a un tal Martínez a buscar aceite, que bajo dos pisos por escalera y apareció con un balde de baño lleno. Lo miramos con serias  dudas a lo que el ingeniero contesto:… es el aceite sintético de mejor calidad que existe… Creer o abandonar. Le metimos directo del balde al motor y llenamos dos botellas de Manaos grandes con el resto, que nos alcanzo para terminar la carrera. 

La última etapa fue durísima, con muchas trepadas que nos obligaban a conectar la cuarta bujía y pasar a modo coctelera. Pero el Ford subía y subía; sosteniendo la tercera por que saltaba seguido.

Ya en Mendoza y a poco de llegar a la meta, paramos a tomar agua, cuando quisimos salir, se había trabado la caja igual que el día de la largada. Faltaban nada más que 80 kilómetros. No quedo otra, sacamos el piso y repusimos el otro perno que se había salido, con un tornillo común que quiso entrar.

Partimos devuelta decididos a terminar, el motor agonizaba. Faltando solo 25 o 30 kms, ya no podíamos bajar la velocidad por miedo a que nunca más se moviera.  Pasamos el último pueblo sin frenar en los semáforos, tocando bocina con dos cables pelados que pusimos en el tablero y Patricio iba parado haciendo señas como el General De Gaulle.

Finalmente llego la bandera a cuadros. En el arco de llegada nos bañaron en champagne, habíamos hecho 1800 kilómetros de historias y anécdotas inolvidables.

Fotos de Fabian Gallucci y Roberto Livignston.


2 comentarios

Anibal Martinez Artola · septiembre 5, 2020 a las 1:09 am

Bueno señores, me saco el sombrero, lo alcanzado con ese coche es meritorio. No sabremos nunca quien fue más tenaz frente a la adversidad; los pilotos, o el coche.
Todo conductor con cierta prudencia no hubiera siquiera largado en esas condiciones (la probabilidades positivas serian nulas), y el 99,9 % de los Ford A, con tales heridas, «canta flor» a los cincuenta kilómetros, para decirlo en forma académica.

Conozco la zona de Malargüe, San Rafael, hasta Mendoza, (soy sanrafaelino), ese raid por las característiscas del coche, sobre los caminos de ripio, supone un castigo espantoso. Pero no imposible, mi padre relataba las peripecias que resulataban en los años treinta, sortear los badenes de rio Diamante, con mi abuelo, en un camión Ford A, desde San Rafael a Mendoza capital, era toda una epopeya.

Por todo ello, merecen mis sinceros respetos.

Anibal Martinez

PD: Es extraño que desde mayo 2020, nadie haya, reconocido tal logro.

    Willy Iacona · septiembre 5, 2020 a las 12:16 pm

    gracia Aníbal, realmente fue un logro llegar. Tal fue el esfuerzo que cuando pasamos la bandera a cuadros, y nos abrazamos con muchos de los que nos ayudaron se nos escaparon algunas lágrimas. Fue una experiencia espectacular, inolvidable. Y el Ford A, que dureza, que diseño simple y perfeto. abrazo

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